Se exponen algunos antecedentes en relación con el surgimiento de la
Endocrinología como ciencia y se describen las características
y síntomas más visibles del bocio exoftálmico como enfermedad
endocrina. Se indican los años de aparición de las referencias
bibliográficas más antiguas conocidas a nivel universal acerca
de esta afección y del primer trabajo publicado en Cuba en relación
con un padecimiento de las glándulas endocrinas. Se hace un breve comentario
respecto a un comunicado presentado en 1863 en la Academia de Ciencias Médicas,
Físicas y Naturales de La Habana por el doctor Carlos J. Finlay y Barrés,
el cual tiene la doble significación de haber sido el primer trabajo
científico publicado por el sabio cubano y el primer artículo
sobre bocio exoftálmico que vio la luz en una revista científica
editada en la isla.
Clasificación: Artículo histórico
Descriptores (DeCS): ENDOCRINOLOGÍA/historia; ENFERMEDAD DE GRAVES;
BIBLIOGRAFÍA DE
MEDICINA; PUBLICACIONES PERIÓDICAS; PERSONAJES; CUBA
Descriptores (DECI): BIBLIOGRAFIA DE MEDICINA; BIBLIOGRAFÍA RETROSPECTIVA;
PERSONAJES; ENFERMEDAD DE GRAVES; CUBA
Some antecedents related to the arising of endocrinology as a science are exposed.
The main features and symptoms of exophtalmic goiter as an endocrinological
disease are decribed. The years of appearance of the oldest bibliographic references
known all over the world on this disease were also indicated as well as the
first research published in Cuba related to this condition of endocrinological
glands. A brief comment on a communication presented in 1863 at the Academy
of Physical, Natural and Medical Sciences of Havana by the doctor Carlos J.
Finlay was provided. This communication had the strong significance of being
the first scientific research published by the Cuban wise and the first article
on exophtalmic goiter published in a scientific journal edited in the island.
Classification: Historical article
Subject headings (DeCS): ENDOCRINOLOGY/history; GRAVES'DISEASE; BIBLIOGRAPHY
OF MEDICINE; PERIODICALS; FAMOUS PERSONS; CUBA
Subject headings (DeCI): BIBLIOGRAPHY OF MEDICINE; BIBLIOGRAPHY, RETROSPECTIVE;
FAMOUS PERSONS; GRAVES' DISEASE; CUBA
La Endocrinología (del griego endon (interior); krinein (segregar) y
logos (estudio) es una disciplina biomédica, cuyos antecedentes como
ciencia datan de mediados del siglo XIX, cuando en 1849 el alemán Arnold
Adolph Berthold (1803-1861) demostró que el trasplante de testículos
en la cavidad abdominal de los gallos castrados impedía el posterior
desarrollo del síndrome de poscastración, con lo que fue el primero
en demostrar la existencia de la secreción interna. Ese mismo año
el francés Charles Edouard Brown-Séquard (1817-1894) estableció
la importancia de esas glándulas para la vida. En 1854 Moritz Schiff
(1823-1896) observó la inevitable muerte de animales sobre los que practicó
la tiroidectomía y, 20 años después, con el trasplante
de la tiroides a animales que habían sido tiroidectomizados, se evitó
su fallecimiento, con lo que se afirmó el papel de esta glándula
como órgano de secreción interna.1
El bocio exoftálmico es una enfermedad endocrina, caracterizada por
la hipertrofia de la glándula tiroides con protrusión o proyección
anormal del globo del ojo, acompañada de anemia e hiperfuncionamiento
cardíaco. Entre sus síntomas más visibles se encuentran
el temblor, la irritabilidad mental, la debilidad muscular y los trastornos
orgánicos en general. Se considera que este padecimiento es consecuencia
de una actividad tiroidea excesiva o pervertida.2
La referencia bibliográfica más antigua que se conoce acerca
de esta afección se remonta a la cultura egipcia, pues en el Papiro de
Ebers, escrito hacia 1550 a.n.e. con un texto de 22 líneas y 108
columnas,3,4 se hizo una descripción
del bocio y hasta se recomendó como posible tratamiento la resección
quirúrgica, o bien la ingestión de sales de un determinado lugar
del Bajo Egipto.5 Esto demuestra no sólo
que el mal era ya conocido en la época de los faraones, sino también
que desde entonces se sugerían procedimientos para enfrentarlo.
Otro documento histórico donde se describió la mencionada enfermedad
fue la obra de André Du Laurens [Laurentius] (1558-1609)
titulada De mirabili strumas sanadi, publicada en París en 1609,6 a la
que siguieron en orden cronológico algunas más durante los siglos
XVII y XVIII y el primer cuarto del XIX hasta que, en 1825, Caleb Hillier Parry
(1755-1822) hizo la que se considera la reseña clásica del bocio
exoftálmico.7 Diez años después
Robert James Graves (1797-1853) publicó la que por muchos se tiene
como la primera descripción exacta del mal8 y en 1840 Carl Adolph
von Basedow (1799-1854) dio a la luz un extenso artículo acerca de
los resultados de sus investigaciones en relación con el modo de tratarlo.9
La trascendencia de la labor de los tres últimos autores mencionados
ha conllevado que el bocio exoftálmico se identifique indistintamente
como enfermedad de Parry, enfermedad de Graves o enfermedad de
Basedow.
Si bien la primera publicación en la isla de Cuba de un trabajo sobre
un padecimiento de las glándulas endocrinas tuvo lugar el 12 de mayo
de 1813, fecha en la que el célebre sabio habanero, el doctor Tomás
Chacón (1764-1849) hizo público en el Diario del Gobierno
de la Habana un artículo sobre hermafroditismo en un marinero,10 no fue
hasta transcurridos algunos años de la segunda mitad del siglo XIX que
apareció el primer trabajo científico en relación con el
bocio exoftálmico propiamente dicho.
Este trabajo, que constituye el objetivo central del presente artículo, fue dado a conocer por el célebre médico cubano Carlos J. Finlay Barrés (1833-1915) en la sesión celebrada el 8 de febrero de 1863 en la sede de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana.11
Con su genial descubrimiento del agente transmisor de la fiebre amarilla, el
doctor Finlay abrió un nuevo capítulo en la patología
tropical, a saber, el de la teoría metaxénica de la transmisión
de enfermedades por vectores biológicos; con independencia de que contribuyó
también de modo considerable al desarrollo de disciplinas tales como
la Entomología y la Virología. De todos es sabido que el científico
cubano consagró la mayor parte de su vida al estudio de esta enfermedad
y que, por ende, la abordó en un gran porcentaje de su amplia producción
científica publicada.12 Sin embargo,
un examen detenido de su bibliografía activa demuestra que a su abundante
obra sobre la fiebre amarilla, ascendente a un aproximado de 90 documentos procesados
desde el punto de vista editorial, se agregan cerca de 100 más en los
que trató acerca de otros aspectos. Destacan entre ellos los relativos
a las enfermedades de la visión, pues fue la Oftalmología la especialidad
con la que dio inicio a su ejercicio profesional; así como a los asuntos
de salud pública (desde mayo de 1902 hasta diciembre de 1908 aparecieron
cada mes y año en el Informe Sanitario y Demográfico de la República
de Cuba, tanto en español como en inglés, sus observaciones como
Jefe de la Sanidad Cubana).
Otras dolencias humanas objeto de sus investigaciones reflejadas en su bibliografía activa fueron la filariasis (a él corresponde también el mérito de haber descubierto la existencia de este mal en Cuba), el cáncer, la lepra, el tétanos infantil, la malaria, el beriberi, la corea, la tuberculosis y el absceso hepático, por sólo citar algunas. También dedicó sus esfuerzos al estudio de la patología vegetal, principalmente a las afecciones de los cocoteros, y animal, sobre todo al muermo.
Con este encabezamiento puso Finlay a la consideración de sus
colegas académicos en la fecha antes indicada su comunicado sobre el
trastorno, que luego se publicó con el mismo título en el primer
número de los Anales de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas
y Naturales de La Habana,11 revista surgida
en agosto de 1864 como órgano oficial de esa corporación. Procede
informar de paso que la publicación se mantuvo durante casi un siglo
divulgando principalmente las contribuciones de los miembros de la Academia,
además de las de otras personalidades de las ciencias y que ha sido hasta
ahora la más trascendental y la de más larga vida entre todas
las revistas científicas cubanas (su último número salió
en 1958).
Finlay dio inicio a su comunicado sobre el bocio exoftálmico
con mención al interés que habían suscitado en Europa las
discusiones de la Academia de París respecto a la entonces extraña
enfermedad, lo que le sirvió de motivación para recoger los apuntes
de un caso, el primero detectado en Cuba, ocurrido en la ciudad de Matanzas
en diciembre de 1862. En su intervención hizo el sabio una exhaustiva
descripción de los síntomas de la paciente objeto de sus observaciones,
una negra partera de 37 años llamada Inés Sosa, coincidentes
todos con los descritos por Graves8 y
Basedow.9
En ese trabajo hizo Finlay un pormenorizado recuento del examen y de las pruebas que practicó a la enferma, así como de los signos que halló, con los que llegó a la conclusión de que se trataba del bocio exoftálmico. Asimismo informó en detalle acerca de la estrategia terapéutica que puso en práctica y de los favorables resultados que obtuvo al cabo de las tres semanas con su aplicación. Finalmente, dedicó gran una parte del texto al análisis y discusión de los resultados, sobre la base del pronóstico de la evolución de la enfermedad observada por sus colegas de Europa. En esa discusión fundamentó y defendió su criterio de clasificar el mal entre las neurosis del nervio gran simpático, a partir de los fenómenos por él observados tales como la dilatación de los vasos y la elevación de la temperatura del cuello y de la cara; las palpitaciones del corazón; la prominencia del globo ocular y la dilatación de las pupilas. Otra circunstancia que alegó para defender su posición acerca del origen nervioso del trastorno fue la posibilidad de curación de la dilatación hipertrófica del corazón.
Con este interesante bosquejo del bocio exoftálmico hizo Finlay
un importante aporte al conocimiento de la enfermedad en Cuba, por cuanto llamó
la atención de sus compatriotas en relación con su existencia
en el territorio nacional y puso sobre aviso la necesidad de su estudio, ya
no como un objeto de mera curiosidad, sino como una exigencia impuesta por los
nuevos tiempos de su época.
A la prioridad que con justicia le corresponde como descubridor del agente
transmisor de la fiebre amarilla, que lo hizo merecedor de ocupar para la posteridad
un lugar en el selecto grupo de los benefactores de la humanidad, se agregan
otras importantes contribuciones al bienestar de sus semejantes que también
constituyen primicias de la medicina cubana, entre ellas el trabajo objeto de
este comentario. Ese comunicado, expuesto por el sabio cubano en febrero de
1863, tiene además, desde el punto de vista bibliográfico, la
doble significación de haber sido el primer trabajo científico
que él publicó y el primer artículo sobre bocio exoftálmico
que vio la luz en una revista científica editada en el archipiélago
cubano.
En ocasión del aniversario 170 de su natalicio, se ha redactado este modesto artículo para honrar su memoria con la divulgación de una faceta poco conocida de su fecunda vida científica.
Recibido: 27 de febrero del 2004. Aprobado: 15 de marzo del 2004.
Lic. José Antonio López Espinosa.
Universidad Virtual de Salud de Cuba. Red Telemática de Salud en Cuba
(Infomed).
Calle 27 No. 110 entre M y N, El Vedado. Habana 4. Correo electrónico:
jale@infomed.sld.cu
1 Licenciado en Información Científico-Técnica y Bibliotecología. Sección de Humanidades Médicas. Universidad Virtual de Salud. Red Telemática de Salud en Cuba (Infomed). Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas.