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Rev Cubana Educ Med Super 2001;15(3):225-33

Formato PDDF

Facultad de Ciencias Médicas “General Calixto García”. Departamento de Salud Pública

La justicia, ese sol del mundo moral

Dra. María del Carmen Amaro Cano1

Antes quisiera yo ver desplomadas, no digo las instituciones de los hombres, sino las estrellas todas del firmamento, que ver caer del pecho humano el sentimiento de justicia, ese sol del mundo moral.

José de la Luz y Caballero

Resumen

Convocada a la reflexión, junto al resto de los profesores integrantes del claustro de la Facultad de Ciencias Médicas “General Calixto García”, la autora recurre a un modesto trabajo de recopilación que había realizado hace poco más de un año, para la impartición de un curso pre-Congreso en Educación Médica/98, sobre el gran educador cubano José de la Luz y Caballero. El breve y sencillo trabajo es una invitación a la reflexión y a la acción, a partir de la asimilación de las experiencias lucistas que pueden mantener su vigencia si los actuales maestros las adecuan a los nuevos tiempos.

DeCS: BIOETICA; EDUCACION/historia; PERSONAJES; EDUCACION MEDICA.

La reciente celebración del cláustro de la histórica facultad que tiene su sede en el también histórico hospital que lleva el nombe del insigne mambí “Calixto García Íñiguez” -donde muchos de los actuales profesores nacimos y crecimos a la sombra de destacadísimas personalidades de la medicina cubana que supieron ponerse a la altura de su tiempo-, me hicieron buscar este trabajo de recopilación acerca de los aspectos más relevantes de un gran hijo de Cuba, excelente educador, formador de patriotas y científicos, que hice para el curso pre-Congreso de Educación Médica/98, hace ya poco más de un año, y que creo pudiera servirnos a todos, no sólo para la reflexión profunda acerca de la importancia del trabajo político-ideológico vinculado indisolublemente a la educación científica y humanística de las ciencias médicas, sino, fundamentalmente para poner en práctica métodos que fueron ya probadamente exitosos, precisamente porque se atemperaron a la realidad concreta que vivía el país.

Estoy firmemente convencida de que de eso se trata, de hacer más que decir, y decir lo que verdaderamente se piensa, y, sobre todo, pensar bien lo que se va a decir, porque todo lo que digamos tiene que estar coherentemente materializado en nuestras acciones; pero no sólo en los momentos extraordinarios de nuestra vida profesional o ciudadana, sino en todos aquellos pequeños momentos que llenan nuestra vida cotidiana. Convertirnos en paradigmas de nuestros estudiantes, ese es el reto. He aquí cómo puede lograrse. ¡Imitemos su ejemplo!

La vocación de maestro

José de la Luz y Caballero nació el 11 de julio de 1800, hijo de una familia criolla que descendía de la aristocracia de la colonia. Don Antonio, su bisabuelo paterno, hizo el muelle que lleva su apellido y dio nombre a la calle de Luz. Al parecer, don José Cipriano, el abuelo de Luz, no resultó un eficiente administrador de los bienes familiares y ello trajo por consecuencia que, a su muerte, la familia se enfrentó a serias dificultades monetarias. Así, don Antonio José María, padre de José de La Luz, procedía ya de una familia “venida a menos”. No obstante, se casó con Manuela Teresa de Jesús Caballero, hija de una familia aburguesada. De esta unión nacieron nueve hijos, tres varones y seis hembras.

La familia Luz-Caballero contó, durante algún tiempo, con una buena posición económica, derivada fundamentalmente de los negocios emprendidos por el cabeza de familia; sin embargo, a su muerte, la familia sufrió grandes dificultades económicas. Doña Manuela, al quedar viuda, asumió las riendas del hogar, tanto de los asuntos económicos como de la formación de sus hijos. En esta última tarea fue ayudada por su tío, el padre José Agustín Caballero.

José de la Luz, ya a los doce años, estudiaba latín y filosofía en el convento de San Francisco (donde años más tarde se ubicaría la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, fundada por el eminente cirujano Nicolás José Gutiérrez, alumno destacado del doctor Tomás Romay y Chacón). Posteriormente ingresaría en la Real y Pontificia Universidad de San Jerónimo de La Habana, para alcanzar el grado de bachiller en filosofía, en 1817.1

La influencia de su medio familiar, principalmente de su madre y su tío, le hicieron acceder a los deseos de éstos de convertirse en sacerdote. En cumplimiento de estas aspiraciones ingresó en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio, donde se graduó de bachiller en Leyes. Ya en esta época había comprendido que no tenía vocación religiosa. De manera autodidacta logró dominar varios idiomas: inglés, francés, italiano y alemán; e incluso leer bien el ruso. Tenía poco más de treinta años cuando recibió su título de abogado en la Audiencia de Puerto Príncipe; pero desistió de ejercer esta profesión, aunque podía lograr una rica e influyente clientela.

La formación de su personalidad bajo la influencia de una figura paradigmática

En la formación del pensamiento filosófico y ético de Luz y Caballero ejerció fundamental influencia el Seminario de San Carlos, pues allí conoció las luchas de su tío José Agustín y del presbítero Félix Varela, contra el escolasticismo imperante, para poder desarrollar la filosofía moderna. No caben dudas acerca del impacto de la enseñanza patriótica de Varela, su vehemente y apasionado magisterio social, en las concepciones filosóficas y sociopolíticas del joven Luz.

Luz vivió fundamentalmente de su trabajo como maestro. Desempeñó temporalmente, durante dos años (1824-1826), la Cátedra de Filosofía del Seminario de San Carlos, cuando fue designado por el obispo Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa, dados sus méritos de estudiante, para sustituir a José Antonio Saco en su labor docente. En la propia apertura de su primer curso como maestro, el joven profesor de Filosofía se declaró en contra de la escolástica y precisó que Varela constituía su guía para la acción como maestro.2

Luz aspiraba a transformar la concepción del mundo de sus alumnos, mediante la enseñanza de la filosofía y las ciencias modernas. Inició así un camino que lo convirtió en el continuador indiscutido de la obra valeriana, tanto en el orden filosófico como educacional. Durante estos años dirigió su trabajo a enseñar a sus discípulos a observar, a analizar, y planteó la duda como método de conocimiento.

Paralelamente a su gestión docente, Luz realizaba estudios de medicina; pero su actividad intelectual era tan intensa que comenzó a sufrir una seria afectación nerviosa, por eso no pudo continuar el tercer curso. Los médicos, entre los cuales estaba quien sería posteriormente su suegro, el doctor Thomas Romay, le aconsejaron un período de descanso.

Luz salió en el mes de mayo de 1828 rumbo a Estados Unidos de Norteamérica y Europa occidental, por donde viajó durante tres años. A pesar de su precario estado de salud, se propuso como objetivos del viaje el perfeccionar sus concepciones filosóficas, profundizar en el conocimiento de las ciencias físico-químicas y enriquecer en general su acervo cultural, recopilando experiencias para ponerlas al servicio de su Patria.

José de la Luz, hijo de Cuba

Para cumplimentar sus objetivos realizó por doquier una intensa actividad científica y cultural. Su participación en tertulias, conferencias, críticas literarias, visitas a centros educacionales, bibliotecas y museos, le permitió entablar relaciones con distinguidos intelectuales europeos y norteamericanos que le abrumaron con invitaciones para permanecer en sus países, invitaciones que Luz declinó gentilmente, por entender que su deber estaba en Cuba. En Inglaterra le publicaron algunos trabajos que firmó como “José de la Luz, hijo de Cuba”.

Luz conoció lo más avanzado del pensamiento y de la experiencia pedagógica del mundo capitalista y demostró fehacientemente que fue uno de los educadores latinoamericanos de más dominio sobre las corrientes pedagógicas más progresistas de su época.

Cuando José de la Luz arribó a Cuba, de regreso de su viaje, en 1831, tenía la convicción de que la escuela cubana tenía que formar hombres y no farsantes. Únicamente así, pensaba, podría salvarse la Patria. Se hacía necesario, pues, renovar la enseñanza y formar maestros capaces de acometer con éxito la tarea de educar. Toda la actividad que desarrolló a partir de ese momento demuestra, sin lugar a dudas, ese propósito. Desplegó una labor intensa y multifacética.

El núcleo del pensamiento pedagógico lucista lo constituye la enseñanza elemental, puesto que para él la educación primaria era la piedra angular del edificio. Sabía que en ella estaba el futuro de la Patria. No fue casual que de las aulas del colegio “El Salvador” salieran patriotas como Manuel Sanguily, y cubanos destacados por su saber y valores ciudadanos como Piñeyro y otros.

Luz reconoció la labor desarrollada por la sección de Educación de la Sociedad Económica de Amigos del País y la actividad escolar desplegada en los colegios San Cristóbal y San Fernando; pero criticó la tendencia de las familias “bien” de enviar a sus hijos a estudiar al extranjero. Para él, la educación del niño lejos de la patria causaba pérdidas irreparables (olvido del idioma nativo, desamor a la patria y debilitamiento de los vínculos familiares), no así el sistema de hacer viajar a los jóvenes para completar sus estudios y prepararlos para la vida.2

Luz propuso reformar la enseñanza desde la escuela primaria hasta la universidad. Censuró la ausencia de sistematicidad en el trabajo didáctico con los alumnos, que provocaba la falta de interés por el estudio en el alumnado; el divorcio entre la teoría y la práctica; y la utilización de medios de enseñanza caducos, entre otros. Planteó, como vías de solución, las siguientes:

Poco tiempo después de su regreso a la patria, en 1832, Luz fue invitado por don Antonio Casas a ocupar el cargo de Director Literario del Colegio San Cristóbal, conocido por Carraguao, por el barrio donde se encontraba enclavado. Era el mejor centro de enseñanza laica de la capital, al que asistían los hijos de las familias ricas.

Educación patriótica dirigida por “el alma de la escuela”

Para Luz el alma de la escuela era el maestro. Por eso realizó un destacado trabajo metodológico -que incluyó observación y discusión de las clases que Luz daba en el nivel primario- para adiestrarlos en el empleo de los métodos de enseñanza que introdujo en el plantel. Continuó la educación patriótica iniciada por Varela, y fomentó el estudio de obras literarias cubanas que permitían exaltar los méritos de nuestros hombres y la belleza de nuestros campos. Todo esto contribuía al desarrollo de la conciencia nacional.

Explicaba a los maestros que la actividad del estudio influía en la formación de costumbres y conceptos morales y se esforzó en hacerles comprender la necesidad de educar los sentimientos, la sensibilidad humana. Sin sentimientos -afirmó- no había motivos para el pensamiento ni para la acción.

Luz escribió un libro de lectura graduada para ejercitar el método explicativo que incluía lecturas dirigidas a formar en los niños costumbres y valores morales universales: la sencillez, la sinceridad, el amor al trabajo, el respeto a los mayores, el sentido del deber, etcétera.

También creó un curso de filosofía, incorporado a la Universidad, que se hizo famoso. Por su esmerada labor pedagógica, Luz fue ascendido a director General del centro cuando Casas enfermó. Luz fue un gran creador, y se mantuvo siempre vinculado directamente al trabajo docente en la enseñanza primaria.

Paralelamente a su labor como maestro, Luz desplegó una amplia actividad, desde su trinchera de combate, dirigida a lo que era el objetivo de su vida: la pros-peridad de su amada Patria. Fungió como inspector de escuela, tarea encomendada por la sección de Educación de la Sociedad Económica de Amigos del País; polemizó, a través de la prensa, sobre problemas educacionales; propuso la creación de un instituto de orientación politécnica y de una Escuela Normal para formar maestros, según un plan inspirado en una experiencia alemana, pero ajustado a la necesidad cubana.

Cuando comenzó a actuar en la vida pública cubana ya existían algunas experiencias negativas de la lucha abierta contra España. Aunque Varela seguía erguido contra la metrópoli, el escepticismo acerca de las reales posibilidades cercanas de independencia le corroía su espíritu y ello era trasmitido a sus alumnos a través del reiterado consejo de la cautela. Esta frustración de Varela en el desarrollo de la actividad independentista influyó negativamente en el espíritu de Luz, quien llegó a la convicción de que, hasta tanto los cubanos no adquirieran la preparación necesaria para la vida ciudadana, no debían precipitarse los acontecimientos.

Luz compartió, en lo fundamental, las ideas sociopolíticas de José Antonio Saco, con quien participó en la fundación de la Revista Bimestre Cubana y en la creación de la Academia Cubana de Literatura. Sustituyó a Saco como líder de los jóvenes ilustrados cuando aquél se vio obligado a partir al destierro. Una profunda y leal amistad les unió hasta la muerte.3

El pensamiento político de Luz puede enmarcarse dentro de un reformismo evolutivo. Mientras Arango y Parreño, por ejemplo, pedía reformas que permitieran el mantenimiento del colonialismo español, Luz, como otros cubanos de la época, luchaba por las reformas como parte de un proceso que pudiera conducir a la plena independencia. Las formas de lucha fundamentales utilizadas por Luz para contribuir a este proceso, se centraron fundamentalmente en las esferas filosóficas y pedagógicas, ambas en estrecha relación. Don Pepe cooperó en la divulgación de las ideas de Varela, a quien consideró siempre su “maestro”.

La tradición filosófica que provenía del padre José Agustín Caballero y del presbítero Félix Varela, encontró en José de la Luz un continuador de mérito.

La metodología de Luz era continuación de las ideas avanzadas de Bacon, a quien Marx consideró el padre del materialismo inglés y de la ciencia experimental. Según Luz, la historia demostraba que todos los pueblos comenzaron el conocimiento por lo real y concreto. Desarrolló en su metodología la idea de la unidad de los métodos empíricos y teóricos en el conocimiento. Por otra parte, expresó que el surgimiento de la ciencias estaba condicionado por las necesidades vitales del hombre y, por tanto, la ciencia debía, por su misión social, contribuir al perfeccionamiento del hombre, al mejoramiento de su vida, tanto en el plano material como moral.

Acerca del problema de la esclavitud, aunque Luz fue un militante activo contra la trata, no combatió la esclavitud de forma sistemática y fuerte en el terreno de los hechos, aunque sí en el de las teorías. Luz definió, en muchos de sus aforismos, su posición de clase al fustigar fuertemente a los grandes propietarios; para él, los ricos eran como los metales, difíciles de derretir.4

Las convicciones morales del maestro y su decisiva influencia en los alumnos

Luz era un hombre que actuaba movido por firmes convicciones personales, morales. Algunos han impugnado a Luz el haber heredado y sostenido los esclavos que testó a su muerte; pero no hay prueba alguna de que tuviera esclavos para su servicio personal y sin embargo, existen pruebas irrefutables de que no los tuvo en el colegio que fundó.

Luz fue en su época un moralista activo; encontró en ese combate una senda para formar, en la juventud, valores morales que se declaraban abiertamente como antiburgueses en su proyección contra el individualismo y la falta de solidaridad entre los cubanos. Para él, la fraternidad humana era sinónimo de amor, igualdad y justicia entre los hombres. Para Luz, el sentimiento de justicia era el sol del mundo moral; quien veía en silencio una injusticia -afirmó- se convertía en cómplice de ella.

El hombre, según palabras de Luz, debía pensar para obrar; pero también para no obrar. Por otra parte, confesar la propia falta era, para él, la mayor de las grandezas. Combatió la indiferencia, el egoísmo y la envidia como rasgos negativos de la personalidad. Consecuentemente con estos principios y valores morales, rechazó honores personales y cargos públicos que, aunque le proporcionarían ventajas materiales significativas, le apartarían de su misión social.

A medida que la personalidad de Luz se iba convirtiendo en símbolo para los cubanos, algunos ideólogos burgueses pretendieron convertirlo en un católico activo, quien en realidad, a partir de su renuncia a su carrera sacerdotal, no visitó más la iglesia excepto cuando se casó con Mariana, la hija del doctor Thomás Romay y Chacón, en 1833, o cuando asistió a bodas de sus amigos o al bautizo de algún niño. Al momento de su muerte, según testimonios de Sanguily, Zayas y Mestre, entre otros, Don Pepe rechazó firmemente los auxilios religiosos. Refuerza este testimonio el hecho de que el colegio de los jesuitas fue el único que no cerró sus puertas con motivo de su deceso y funerales.

Las charlas sabatinas

Luz fue director del colegio hasta que falleció. Insistía en que para poder dirigir y criticar a un maestro, para formar a los alumnos, el director de escuela tenía que vincularse directamente a la docencia, ser un buen maestro. El estilo de educar de Luz se caracterizaba por poner especial énfasis en la educación moral, ya que la consideraba el principio vital que debía presidir la escuela cubana. Su mayor logro en la utilización de los métodos de educación estuvo, quizás, en las charlas éticas que se desarrollaron en el colegio “El Salvador” y que identificó como “charlas sabatinas”. A ellas asistían tanto alumnos como profesores pero, además, los trabajadores de la escuela y muchos vecinos del barrio donde estaba enclavada ésta (Calzada del Cerro), y así extendió su labor educativa hasta la comunidad.

Estas charlas, según sus alumnos Sanguliy y Piñeyro, constituían su “verdadera cátedra”, aunque era capaz, y lo realizó en innumerables ocasiones, de sustituir con eficiencia a un maestro de matemática, de física, de historia natural o de cualquier otra asignatura. Según testimonios de Sanguily y de Piñeyro, imitar a don Pepe era la aspiración de aquella generación que a su vera se formaba. Y fue ese mismo Sanguily, su discípulo, quien ante el hecho prácticamente consumado de la I Intervención Norteamericana en nuestra Patria dijera premonitoriamente: “... cuando oigo decir al yanqui: Viva Cuba Libre, me parece estar escuchándole decir: Viva Cuba Sajona, Viva Cuba norteamericana”.

José de la Luz, a través de su labor como maestro y director, enseñó a los alumnos a preferir incondicionalmente la justicia antes que el éxito y la fortuna -que eran los valores de la clase dominante de la época. El amor a la justicia, a la Patria, al trabajo, a la familia, a los amigos, a la vida, tuvo en Luz una honda significación.

De Luz, dijo Varela, que era inmejorable hijo y amigo. Y es que para Luz, la amistad “fuerte, sincera y valiente” era un sentimiento que hacía hombre al hombre. Don Pepe fue para Martí, “el silencioso fundador”, el “sembrador de hombres”. Carlos Rafael Rodríguez lo identifica como “el educador de los privilegiados, el maestro de la burguesía, inquietador de conciencias”, y señala, además, que “hay en toda su existencia la marca del decoro y la dignidad patriótica”.5

José de la Luz y Caballero fue el pedagogo cubano más notable del siglo xix. Abrió el camino de la verdad científica y despertó el entusiasmo por ella. Hizo interesantes y valiosas indicaciones para la enseñanza de la historia. Consideró que el contenido de esta disciplina era, principalmente, político y moral. Consideró necesario enseñar al niño a analizar los aspectos positivos y negativos cuando estudiaban una biografía o hecho histórico. Insistió en la necesidad de establecer las relaciones entre los hechos históricos, analizando el porqué de las cosas.

¿Qué mejores conclusiones que el ejemplo de la vida de un maestro, dedicada a preparar para la vida a sus discípulos?

La esencia de la educación era, para Luz, preparar al niño para la vida ciudadana, para ser útil a la Patria, a la sociedad, a la familia y a sí mismo. Para lograrlo, la enseñanza -que consideró un proceso- debía proporcionar a los niños y jóvenes, no sólo instrucción sino también convicciones morales, ideológicas, patrióticas; amor y respeto hacia la belleza en sus diversas manifestaciones; una conducta culta; hábitos higiénicos. De hecho, Luz reconoció y fundamentó el carácter educativo de la enseñanza y la función ejemplificante del maestro. Instruir puede cualquiera -decía Luz-, educar, sólo quien sea un Evangelio vivo. Para Luz, el maestro tenía que ser el más moral de todos los ciudadanos porque él era el alma del sistema de educación. El director tenía que constituir un ejemplo para todos por su patriotismo, por su cultura y buenos modales, y por su capacidad para enseñar y educar. Tenía que ejercer una influencia educativa directa sobre los alumnos.

Otros eminentes pedagogos cubanos, tales como Manuel Valdés Rodríguez y Enrique José Varona, coincidieron al valorar a José de la Luz y Caballero como el verdadero fundador de la pedagogía científica en Cuba. Falleció en la ciudad de La Habana, el 22 de junio del año 1862, contando 62 años de edad. Dejó a su patria y al magisterio cubano el ejemplo de su vida como maestro.

Summary

Prompted to make reflections with the rest of the teaching staff of “General Calixto García” Faculty of Medicine, the author of this paper presents a simple work of information collection about the great Cuban educator José de la Luz y Caballero that she had conducted about a year ago to give a pre-congress course in the holding of Medical Education´98 event. The brief and simple research work is an invitation to make reflections on and take actions on the basis of the assimilation of the Cuban educator´s experience that can keep their validity if today´s professors adapt them to the new times.

Subject headings: BIOETHICS; EDUCATION/history; FAMOUS PERSONS; EDUCATION, MEDICAL.

Referencias bibliográficas

  1. Cartaya Cotta P. José de la Luz y Caballero y la Pedagogía de su época. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.
  2. _____. La polémica de la esclavitud. José de la Luz y Caballero. La Habana:Editorial de Ciencias Sociales; 1988.
  3. Instituto de Historia de Cuba. La neocolonia. Organización y crisis. Desde 1899 hasta 1940. La Habana:Editora Política;1998.
  4. Martí J. Escritos sobre Educación. La Habana:Editorial Ciencias Sociales; 1976.
  5. Rodríguez CR. José de la Luz y Caballero. La Habana: Dirección de Publicaciones. Universidad de La Habana; 1965. Recibido: 21 de marzo del 2001. Aprobado: 4 de abril del 2001.

Dra. María del Carmen Amaro Cano. Facultad de Ciencias Médicas “General Calixto García”. Calle J y Ave. Universidad. Vedado. Ciudad de La Habana.

1 Profesora Auxiliar de Historia de la Medicina. Presidenta de la Cátedra de Bioética.

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