Humanidades Médicas, Vol 5, No 15, Septiembre-Diciembre de 2005
PAGINA DE LA HISTORIA
 

Homenaje al gran humanista médico Ramón Zambrana Valdés en el aniversario 140 de su fallecimiento.

 

 

José Antonio López Espinosa

Especialista en Información Científico-Técnica

Investigador Agregado

Universidad Virtual de Salud de Cuba

Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas.

 

Resumen

 

 

Se hace un breve recuento sobre la vida y obra del doctor Ramón Zambrana Valdés (1817-1866), con énfasis en sus cualidades filantrópicas y en la intensa actividad que desplegó, inspirado en su afán de ser útil a la sociedad. Se ponen de relieve sus virtudes como médico, catedrático, escritor, literato, poeta, crítico literario y periodista y se demuestra su positiva influencia en el desarrollo de la ciencia y la cultura cubana en la época que le tocó vivir. Con este artículo se trata de rendir un modesto homenaje de recordación a este gran humanista médico cubano en el aniversario 140 de su desaparición física.

 

Palabras clave: humanidades médicas; historia de la medicina; personajes; cuba

 

 

   Hace 140 años la ciudad de La Habana se vistió de luto. El 18 de marzo de 1866 falleció a los 48 años de edad el doctor Ramón Zambrana Valdés, quien en su corta vida fue un médico célebre, un profesor ilustre y un escritor fecundo además de poeta, literato, crítico y periodista, cualidades que lo caracterizaron como cumplido caballero que ganó el cariño, la consideración y el respeto de sus conciudadanos.

   Aunque la mayoría de los autores dan como fecha de su nacimiento el 10 de julio de 1817, lo cierto es que en su partida de bautismo, guardada en el archivo de la antigua Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de Guadalupe, actualmente conocida como Iglesia de la Caridad, aparece que Ramón Manuel de Jesús Zambrana y Valdés, hijo legítimo de Ramón y Josefa, nació en La Habana el 9 de julio de 1817. Creció en un ambiente hogareño donde se respiraba el amor y el respeto a sus padres, quienes le dieron una educación esmerada. Huérfano de ambos a los 12 años, contó con el apoyo de su hermano mayor Antonio, el que se encargó desde entonces de darle el necesario calor de la paternidad, de brindarle educación y de garantizarle la instrucción para hacer de él un hombre útil.

   Tras vencer la enseñanza primaria bajo la dirección de su hermano, comenzó en 1830 a estudiar en el Real Colegio Seminario de La Habana, donde obtuvo siempre brillantes notas y donde se comenzó a destacar en él el carácter dulce y bondadoso que lo caracterizó durante toda su vida. Concluidos sus estudios de Filosofía, se graduó en 1836 de Bachiller en Artes.

   De niño, había sido sometido a una operación de labio leporino, hecho que lo inspiró desde temprano a ejercer la Medicina, pues para él era “una ciencia que enseña al hombre a conocerse a sí mismo y a amar a sus semejantes”. Desde 1835 Antonio había comenzado las diligencias para la entrada de su hermano en la Universidad, donde un año después ingresó y comenzó las prácticas de la cirugía bajo la tutela del doctor Vicente Antonio de Castro Bermúdez (1809-1868). Mientras estudiaba, dio muestras de su prodigiosa laboriosidad, pues en 1838 fue uno de los fundadores de la publicación titulada Flores de Mayo y, en 1840, fue el redactor de Repertorio Médico Habanero, la primera revista cubana dedicada a la Medicina, fundada ese año por el doctor Nicolás José Gutiérrez Hernández (1800-1890). Tras varios años enfrascado en los estudios con algunas interrupciones temporales por problemas de salud, recibió en 1845 el título de Licenciado en Medicina y, dos años después, el de Doctor en Medicina y Cirugía, acontecimiento que lo convirtió en el primer graduado como tal en la Universidad de La Habana luego de la secularización del alto centro de estudios en 1842.

   Terminada la carrera, desplegó una actividad muy intensa con la inspiración de ser útil a la sociedad. Siempre dispuesto a aliviar el padecimiento del prójimo, hizo un sacerdocio del ejercicio de su profesión y relegó a segundo plano cualquier beneficio personal. A la par que desempeñaba sus funciones asistenciales, desplegó muchas acciones en función del desarrollo científico y cultural de Cuba. Ejemplos elocuentes de ello fueron su desempeño como maestro, que le proporcionaron mucho prestigio y admiración, así como su trabajo infatigable en todo cuanto tuviera que ver con la mejoría de las condiciones sociales. Fue profesor de Medicina legal, de Higiene pública, de Historia de la Medicina, de Física, de Patología interna, Partos, Fisiología y Disección anatómica. En 1848 fundó con los doctores Juan Pinet y Emilio Auber Moya (¿-1884) la revista Repertorio Económico de Medicina, Farmacia y Ciencias Naturales. Seis años más tarde fundó  y dirigió con otros colegas la Gaceta Médica y, en 1857, fue un gran colaborador del doctor Julio Jacinto Le Riverend Longrou (1794-1864) en la Revista Médica de la Isla de Cuba.

   Zambrana tuvo una activa participación junto al doctor Nicolás J. Gutiérrez en la fundación de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, de la que redactó su Reglamento y fue su Secretario por espacio de cuatro años. En esa organización prestó servicios muy valiosos y evidenció su alto nivel de instrucción. Asimismo brilló como socio numerario, Vicesecretario, Vicecensor y Vicepresidente de la Sección de Ciencias, Historia y Bellas Artes de la Sociedad Económica de Amigos del País; así como en la Real Junta de Fomento, la Real Junta de Caridad, la Junta Superior de Instrucción Pública y el Liceo Artístico y Literario. Fue Inspector del Real Jardín Botánico y del Instituto de Investigaciones Científicas.

   Por otra parte, además de La Flor de Mayo, fundó y redactó otros periódicos de contenido literario como Kaleidoscopio y La Revista del Pueblo y colaboró en la Revista de La Habana, Cuba Literaria y Aguinaldo Habanero. Las páginas de estas publicaciones y las actas de todas las corporaciones a las que perteneció, guardan su testimonio como poeta, literato, crítico literario, maestro y orador, facetas que justifican lo apuntado por Calcagno en cuanto a que “...desde el doctor Tomás Romay ningún otro desempeñó a la vez tantos empleos y comisiones, siempre gratuitas, sin que jamás condecoración alguna ornara su pecho, porque sólo pretendió servir a la Patria...”; y que demuestran que era uno de esos infatigables trabajadores, que no dejaban pasar un día sin explorar una verdad, convencerse de algún error o escribir siquiera una línea.

   Meses después de contraer nupcias con la poetisa santiaguera Luisa Pérez Montes de Oca en septiembre de 1858, unión de la que nacieron cinco hijos, la no muy robusta salud de Zambrana se comenzó a resentir, al punto que se vio en la necesidad de realizar un viaje fuera de la ciudad de La Habana para tratar de recuperarse. Cuando sintió los efectos de la terrible afección que lo había minado y que pronto terminaría con su existencia, su mayor preocupación era el destino de su esposa e hijos cuando él ya no existiera. El fallecimiento de su querido hermano Antonio aceleró su padecimiento y contribuyó a debilitar más sus deterioradas fuerzas, que cedieron para siempre y provocaron su muerte el 18 de marzo de 1866.

   Embalsamado el cadáver y vestido con el traje de doctor en Medicina, fue depositado en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, el mismo sitio en que tantas veces animó con la exposición de sus trabajos científicos. En los hombros de sus discípulos y colegas, fue conducido al Cementerio de Espada, acompañado de una comitiva de cofradías religiosas y representantes de la Academia de Ciencias, el Seminario de San Carlos, la Sociedad Económica, la Universidad y un numeroso grupo en el que estaban representadas todas las clases de la sociedad. También concurrieron el Cónsul de los Estados Unidos de América con varios oficiales de la marina de guerra de esa nación.

   Más que pobre, el doctor Zambrana murió muy rico. Prueba de ello fueron los bienes imperecederos legados a su sensible viuda, a sus pequeños hijos y a su enorgullecida patria. Testó una conciencia sin mancha, unas virtudes dignas de imitarse y, desde el punto de vista material, una biblioteca muy bien dotada con las mejores producciones de su época. Honrado y pundonoroso, en difíciles días de carencia, pensó en vender su biblioteca para buscar recursos a fin de poder mantener a su familia. Pero sus amigos, es decir todo el pueblo, le dieron prueba de cuánto le querían al ayudarlo a salvar su situación, con lo que quedó salvada la rica biblioteca. En merecida recompensa, ese pueblo amigo pulsó las cuerdas más sensibles de la gratitud y le demostró una vez más ese cariño, que no es fácil imponer a las masas, en el momento de su desaparición física al recolectar la suma de veinte mil pesos para ayudar a su viuda e hijos.

   Al morir, Zambrana dejó a su familia y a Cuba el patrimonio de su nombre digno y la gratitud de sus conciudadanos. Como merecedor del eterno recuerdo de las generaciones de cubanos que le han seguido en el tiempo, se ha querido rendir a través de estos apuntes un modesto homenaje a la memoria de este insigne humanista médico en el aniversario 140 de su desaparición física.

Bibliografía

 

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Tomado de:

López Espinosa José Antonio. "Homenaje al gran humanista médico Ramón Zambrana Valdés en el aniversario 140 de su fallecimiento." Humanidades Médicas, Vol 5, No 15, Septiembre - Diciembre de 2005.