CRÓNICA

 

 

Las manifestaciones clínicas de un agudo proceso doctoral

 

Clinical manifestations of an intense doctoral procedure

 

 

Dra.C. Nilia Victoria Escobar Yéndez*

Universidad de Ciencias Médicas, Santiago de Cuba, Cuba.

 

Me gradué de Doctora en Medicina en 1975, en la entonces Escuela de Medicina de la Universidad de Oriente, y un quinquenio más tarde confeccioné un expediente para Candidata a Doctora en Ciencias, basado en una investigación sobre "riesgo laboral ambiental en trabajadores de la Mina Grande de El Cobre". Ejecutadas las coordinaciones pertinentes con los laboratorios implicados y el Departamento de Medicina del Trabajo en la provincia, inicié una consulta semanal para los trabajadores de dicho centro, que se paralizó en breve por razones logísticas; en esa época me desempeñaba en el Hospital Provincial Clinicoquirúrgico Docente "Dr. Ambrosio Grillo Portuondo".

Posteriormente, una larga trayectoria de trabajo docente, asistencial y administrativo, que incluyó mi estancia en el Hospital General Docente "Dr. Juan Bruno Zayas Alfonso" entre 1997-1998, fue también interponiéndose en aquella aspiración de ser doctora en ciencias y la idea no cristalizó.

En 1998 ocurrió otro trascendente cambio en mi vida, al ser promovida a Vicerrectora de Investigaciones de la Universidad de Ciencias Médicas. En aquel momento comprendí que había perdido de nuevo mi objeto de estudio: el paciente, el caso clínico; de ahí la interrogante: ¿Cómo podía realizar una investigación de rigor que debía tener aportes teórico y práctico, parcialmente desvinculada de la práctica asistencial?

Luego, en 2007 se estableció un convenio de Doctorado Curricular Colaborativo con la Universidad de Ciencias Pedagógicas "Frank País García". Las cosas comenzaron a facilitarse. Siempre ha prevalecido en mí la vocación por la docencia, pues incluso en mis juegos infantiles ocupaba invariablemente el rol de "maestra"; sin embargo, en sentido general, los profesionales de la salud hemos experimentado una fisura del componente didáctico, por lo que el ámbito pedagógico para un doctorado me resultaba atractivo y fascinante, pero qué parte de la pedagogía se vinculaba con mi labor específica; sin duda alguna, el polémico campo de la competencia investigativa, que aún constituye un eslabón débil de la ancestral integración docencia-asistencia-investigación en el Sistema Nacional de Salud cubano y acerca de lo cual podría profundizar en el posgrado, pues era la esfera que más se aproximaba a mi actividad básica.

¿Pero en qué profesional indagaría sobre el tema? Son muy pocas las residencias que se otorgan en Medicina Interna -- que es donde hubiera preferido trabajar el asunto por tratarse de mi especialidad --, por lo que no sería representativo de ningún resultado. Me decidí por la Medicina General Integral, especialidad médica efectora en Cuba de la atención primaria de salud (base estratégica del sistema sanitario cubano).

Tenía ante mí dos nuevos retos: enfrentarme a la pedagogía, una ciencia muy compleja y no propia, por un lado; y a la especialidad de Medicina General Integral, por la que siempre había experimentado respeto y admiración, por el otro. Si bien mi formación había sido totalmente secundarista, lo cual devino, en parte, un nuevo incentivo para mirar por dentro aquello que ya defendía desde mis pases de visita hospitalarios.

Cuando se recibió la aprobación de mi tema doctoral por el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente de Cuba, ya estaba trabajando laboriosamente en mi investigación. Mi grupo de Doctorado Curricular Colaborativo fue estupendo, interesante y heterogéneo; abarcaba desde compañeros de carrera o muy próximos a mi trabajo, hasta alumnos desde el pregrado y el posgrado, por lo que me sentí más comprometida.

Tuve la increíble oportunidad de interactuar con los maravillosos profesores del Doctorado. Cada uno de ellos, con su impronta, dejó algún tipo de rastro y evocación en mi persona; pero otros, en cambio, me marcaron indeleblemente en lo personal y lo axiológico, y por lo arriesgado de mencionar nombres, prefiero que sepan que figuran entre mis grandes afectos. Un sitio exclusivo para mis dos tutores de lujo: los doctores en ciencia Alcides J. Almaguer Delgado y Carolina G. Plasencia Asorey, conductores ilustres en la investigación científica, quienes pusieron a mi disposición su talento y sabiduría. Con disciplina férrea resultaron capaces de combinar, armónicamente, exigencia, amistad y tolerancia; me abrieron las puertas de sus casas y familias; se mostraron respetuosos y éticos; supieron sacarme lágrimas y sonrisas; y algo memorable de ambos fue que todo lo hicieron con amor, hasta las "reprensiones".

Transcurrió el tiempo y llegó el acto de la predefensa el 18 de febrero de 2010. Es un momento trascendental para el doctorante, que pone a prueba esfuerzos realizados y resultados obtenidos. Recuerdo con deferencia, la mesura e integridad de mis dos oponentes, quienes fueron exquisitos, profundos y éticos. Muchos de los especialistas designados para la evaluación resultaron competentes y acuciosos; no obstante, la forma -- y no el contenido -- como fui tratada por algunos de ellos, trajo como consecuencia que se desvanecieran los "castillos de naipes". Me sentí horriblemente insatisfecha con mi nivel de respuestas, y es que aún no estaba lista para ese momento. Poco a poco comprendí que esta es parte de la historia de quienes emprenden este crucero en pos de un resultado científico. Entonces asimilé el comentario, otrora escuchado, de que la tesis final suele parecerse poco o nada a la de la predefensa. Y aunque me tomó un tiempecito recuperarme, sin perder la esencia de mi objeto y campo, trabajé incansablemente junto a mis tutores, hasta que llegó la cita con mis veedoras, quienes consideraron resueltas las indicaciones recomendadas y comprobaron la mejor preparación teórica y un lenguaje mucho más pedagógico en mis argumentaciones. Una vez más advertí que suele mediar un camino más o menos largo y espinoso entre la predefensa y la defensa, que es necesario recorrer con raciocinio y sensatez.

Por pericia de mi tutor se efectuaron dos ensayos previos a la defensa, en los que estuvieron presentes reconocidos doctores en ciencias pedagógicas de diversas especialidades, así como doctores en ciencias médicas. Estos encuentros fueron formidables. Cada mirada externa a la tesis le confería un valor agregado a la preparación individual. Bueno, todo parecía marchar bien. Finalmente, la tesis se aproximaba a ser un "producto terminado" y que, para ser honesta, difería bastante de lo presentado en la predefensa, que bauticé como "subproducto".

Ahora me sentía más tranquila y segura, pues había estudiado muchísimo y pensaba en la hipótesis de que "la mayoría con frecuencia no suele equivocarse".

No voy a hacer mucha alusión a mi tribunal. Solamente voy a compartir que me correspondió vivir una extraña experiencia: una de mis oponencias resultó muy satisfactoria, a pesar de las 7 preguntas, que requerí 7 días para responderlas, y que después del intercambio con el oponente, por cierto muy profesional y ético, se redujeron a 5; pero salí satisfecha de su profesionalidad. En cambio, la otra oponencia resultó todo lo contrario; de esta manera, sorprendida y todavía inexplicablemente para mí, uno de mis oponentes transitaba al grupo de posibles contrarios. Arriesgado y escabroso suceso. Dos auténticas personalidades científicas, el Dr.Cs. Homero Fuentes González y el Dr.C. Francisco Pérez Miró, me apoyaron de manera categórica. En desentrañar las preguntas y respuestas de la segunda oponencia concentré el breve tiempo que faltaba para la defensa. Me sentí angustiada y acorralada. Toqué puertas que no llegaron ni a abrirse.

Se desmoronaron nuevos castillos de naipes. Los presagios fueron muy diversos, pero me arriesgué con la fuerza de quien había trabajado infatigablemente durante 3 años en pos de un ideal. Quienes escucharon después esta historia mejor narrada -- prescindiendo de la ética que tanto me he esforzado por preservar --, me han dicho que fui muy valiente y hasta me lo he llegado a creer… Pues luego entendí que mi decisión fue mucho más que temeraria, que pudo tambalear mi prestigio y hasta poner en riesgo mi vida.

Cuando me concedieron la palabra, después de anunciar mi defensa de Doctora en Ciencias Pedagógicas como satisfactoria por voto mayoritario, expresé mis más genuinos sentimientos ante aquel auditorio formado por amigos, profesores de medicina y de pedagogía, antiguos y eternos alumnos, compañeros de trabajo, espectadores formales hipercríticos y seres muy amados, como mi hijo, mi esposo y mis familiares, quienes, sin dudas, acababan de compartir conmigo el momento más difícil y crucial de mi vida. Me referí a tres aspectos: el primero consistió en exhortar a todos los presentes que aspirasen a obtener este grado científico, a renunciar a todo lo restante, privarse de recreaciones y colocarlo en el primer plano, porque son incalculables las horas de sacrifico, consagración y entrega que demanda tal proceso; y si es posible, contar con el apoyo incondicional y solidario de la familia estrecha que, en mi caso, me sirvió de consuelo y enardecimiento. En el segundo me referí a cuánto aprendí en el doctorado, además de la pedagogía; afronté barreras y adversidades; conocí mucho mejor al hombre, aprovechando su lado bueno y aprendiendo a lidiar con el lado malo; atravesé etapas de depresión y agotamiento, horas de llanto, pensamientos de abandonar el camino empeñado; me caí muchas veces -- y créanme que casi llegué al suelo --, pero sobre todo aprendí a levantarme; pues asimilé que el ser humano se mide no por las veces que se cae, sino por las que se levanta. Por último, puntualicé que el proceso de formación doctoral tiene que ser obligatoriamente de mucho rigor, porque se trata de alcanzar la más elevada calificación científico-técnica de un profesional, pero hay que humanizarla de manera inconmensurable, dado que muchos de los involucrados son personas sensibles, talentosas y honestas, que tienen sus propios sueños, y que el proceso de formación doctoral es también una creación humana; mas como dijo el Apóstol: "Toda obra humana debe ser ante todo, una obra de inmenso amor".

Guardo con especial ternura las frases lindas sobre mi persona, que expresaron alumnos, profesores y amigos en los actos de predefensa y defensa. Definitivamente, este testimonio va dirigido con emoción y respeto a todos aquellos que me acompañaron y tendieron siempre su mano amiga y franca. Para ellos, mi agradecimiento infinito. ¿Pero por qué no? También va dirigido a quienes no me apoyaron, porque sus posibilidades no se lo permitieron, o porque realmente yo no lo merecía, o sencillamente porque existen seres humanos complejos o ininteligibles para emitir juicios de valor, que de alguna manera pueden dañar severamente a buenas personas. Yo acabo de librarme de un tremendo fardo que anudaba mi garganta, oprimía mi corazón y oscurecía mi pensamiento. Ahora estoy libre de los sentimientos hostiles que me acosaban, pero es una pena que otros no podrán jamás sentirse así, porque eternamente estarán encarcelados por sus desproporcionadas actuaciones, dentro de sus propias jaulas.

Ahora soy muy feliz. No pude graduarme como doctora en ciencias médicas, pero me apoderé de las herramientas metodológicas necesarias, que me permiten desempeñarme exitosamente en cualquier campo; interactué con insignes personalidades; crecí y maduré profesionalmente; gané nuevos amigos. Mi sueño de convertirme en doctora en ciencias dejó de ser "como otra cumbre borrascosa" y ha devenido una dulce realidad de paz y armonía; y desde esta condición me siento mucho más útil para continuar ayudando a conocidos y desconocidos. Y espero que algún día mis idolatrados nietos Alex y Fabio puedan sentirse orgullosos de mí.

El pensamiento de José Martí, que fue el initium de la memoria gráfica y acepté sin vacilación a propuesta de mi tutor, resultó muy pertinente acerca de mi travesía por la ciencia, con el cual finalizo este espacio de conversación con muchos, que ojalá gratifiquen… "En una comunidad científica debe existir unidad en el pensamiento, pero que no significa someterse a la servidumbre de la opinión". Gracias a todos.

*Directora de Ciencia e Innovación Tecnológica de la Universidad de Ciencias Médicas de Santiago de Cuba

 

 

Recibido: 24 de julio de 2013.
Aprobado: 24 de julio de 2013.

 

 

Nilia Victoria Escobar Yéndez. Universidad de Ciencias Médicas, avenida de las Américas, entre calles I y E, reparto Sueño, Santiago de Cuba, Cuba. Correo electrónico:nescobary@medired.scu.sld.cu