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Rev Cubana Salud Pública 2004;30(2)

Universidad Virtual de Salud de Cuba

El bicentenario de la introducción de la vacuna en Cuba

José Antonio López Espinosa1


Resumen

Uno de los grandes obstáculos al desarrollo socioeconómico de la isla de Cuba durante algo más de tres siglos del período colonial fue la presencia de enfermedades epidémicas como la viruela, de cuya extinción inicial se encargó el sabio médico habanero Tomás Romay Chacón, al propagar en el país la vacuna contra ese terrible mal. Se hace un breve recuento acerca de la historia y evolución de la viruela y de las estrategias aplicadas en principio a escala internacional para prevenirla. Se enfatiza el papel desempeñado por el doctor Romay en la introducción y propagación de la vacuna en Cuba y se demuestra la grandeza de su prestigio como salubrista. Con este artículo se trata de rendir un modesto homenaje de recordación al bicentenario de tan importante acontecimiento y de honrar la memoria de su principal protagonista en el aniversario 240 de su natalicio.

Palabras clave: Aniversarios y eventos especiales; Viruela; Historia; Viruela; Prevención y Control; Vacuna contra la viruela; Historia; Personajes; Cuba.

La viruela es una antigua enfermedad causada por el virus variólico. Algunos de sus primeros síntomas son fiebre alta y sensación de fatiga. Luego el virus produce una erupción característica, sobre todo en la cara, los brazos y las piernas. Los granos se van llenando de un líquido claro que más tarde se convierte en pus y forman una costra que, por último, se seca y se desprende. Antes la viruela era mortal en el 30 % de los casos y su erradicación tuvo su origen en un programa mundial de vacunación liderado por la Organización Mundial de la Salud, tras un proceso largo y dificultoso consistente en identificar todos los casos existentes, así como las personas con quienes habían estado en contacto los afectados, y en vacunarlos sin excepción. El último caso natural conocido se produjo en Somalia en 1977. Desde entonces, los únicos casos conocidos se debieron a un accidente de laboratorio en Birmingham, Inglaterra en 1978, que conllevó la muerte de una persona y un brote de escaso alcance.1

El virus que causa la viruela es contagioso y se propaga por contacto con otras personas a través de las gotitas de saliva presentes en el aliento de los individuos infectados. Su período de incubación oscila entre 7 y 17 días a partir de la exposición y sólo es infeccioso a partir de la subida de la fiebre. Dos o tres días después aparece una erupción característica. A pesar de que la etapa de mayor infección es la primera semana de la enfermedad, el paciente con viruela continúa siendo contagioso hasta que se desprenden las costras.

Cuando en diciembre de 1979 se certificó oficialmente la erradicación de la viruela, se acordó que todas las cepas del virus que aún quedaban fueran destruidas o trasladadas a uno u otro de los dos laboratorios protegidos; uno localizado en los Estados Unidos y el otro en la Federación de Rusia. Ese proceso concluyó a comienzos de la década de 1980 y, desde entonces, ningún otro laboratorio ha tenido acceso de manera oficial al virus que causa la viruela. Algunos gobiernos creen en el riesgo de que existan virus de la viruela en otros lugares, además de en esos dos laboratorios, así como en la posibilidad de su liberación con intención de causar daño. Aunque es imposible evaluar el riesgo en caso de que ello ocurra, la Organización Mundial de la Salud, a petición de esos países, está tratando de ayudar a los gobiernos a prepararse ante tal eventualidad.

Los profesionales de la salud y el personal de los hospitales de todo el mundo están preparados para reconocer las enfermedades infecciosas, comprobar el diagnóstico y actuar en consecuencia. De ahí que estén en condiciones de identificar un eventual brote de viruela, aun suponiendo que el virus se difundiera de manera deliberada para causar daño. Si eso ocurriera, el sistema de salud pública se movilizaría para localizar a todas las personas que hubieran estado en contacto con el individuo infectado para vacunarlas, a fin de evitar la aparición de nuevos casos. Si se actúa con rapidez y con eficacia, el número de casos podría ser mínimo y el brote quedaría neutralizado. En el momento actual, varios gobiernos han comenzado a examinar la potencia y la magnitud de sus existencias de vacuna antivariólica, y a sopesar la conveniencia o no de disponer de más cantidad y en qué circunstancias.2

Breve recuento histórico

Durante el siglo XVIII fue la viruela una de las enfermedades infecciosas más temidas por el número de víctimas que arrastraba consigo y por las secuelas que dejaba en las personas que salían de ella con vida. En aquel tiempo era fácil identificar a los individuos que sobrevivían a los embates de la enfermedad, en virtud de que en muchos casos quedaban desfigurados. No obstante se había observado que los que no morían por su causa quedaban protegidos contra una infección posterior. Había epidemias benignas y otras graves. En las primeras eran mínimos los casos de muerte, mientras que en las segundas la mortalidad era en extremo elevada. Por lo tanto, era muy ventajoso contraer la enfermedad durante una epidemia ligera, por cuanto ello implicaba quedar protegido para toda la vida. En consecuencia, se procuraba provocar el contagio artificialmente en vez de dejar su advenimiento a la casualidad. En la India se vestía a los niños con las ropas de enfermos de viruela. En China se utilizaban pequeños tubos, para soplar a través de ellos las costras de granos de viruela, pues se había notado también que su pus perdía virulencia cada vez que se dejaba secar. En Asia Central se transmitía el pus a las personas sanas mediante pinchazos con agujas. En África se aplicaban métodos similares con los esclavos para evitar que sus dueños perdieran su “mercancía”. Las esclavas caucásicas eran famosas por su belleza, atributo que constituía el principal medidor de su precio. Sin embargo, las que tenían marcas de viruela perdían su valor. Una esclava protegida contra la enfermedad tenía mucha más estimación en el mercado, porque ello daba seguridad al comprador de que no sería desfigurada.3

A principios del siglo XVIII, Lady Mary Wortley Montagu, la esposa del embajador inglés en Constantinopla y dama muy enérgica y sin prejuicios, tuvo el valor de hacer aplicar este método a sus hijos por un médico griego. Tras mostrar la reacción acostumbrada de contraer la enfermedad de modo leve, los niños se recuperaron rápidamente y desde entonces quedaron inmunizados. De vuelta a Inglaterra, Lady Montagu trató de persuadir a su amiga, la princesa de Gales para que hiciera lo mismo con sus hijos. Para tener seguridad del posible éxito, la princesa de Gales hizo vacunar antes a siete criminales y seis huérfanos, que fueron luego introducidos en un ambiente infectado y no cayeron enfermos. Con esta prueba como antecedente, se procedió a vacunar a los jóvenes príncipes.

Este ejemplo dado por la Corte en 1722, fue la mejor recomendación sobre los beneficios de la variolación, nombre que se le daba entonces a la vacunación. El procedimiento, que en principio se difundió por Inglaterra, se propagó luego por toda Europa a partir de 1749 cuando se aplicó por primera vez en Ginebra.

Aunque gracias a la variolación se pudieron conservar muchas vidas humanas, su aplicación en el siglo xviii no estaba exenta de peligro, ya que el producto que se vacunaba era pus extraído de una pústula reciente. El método que se hizo más corriente fue el de impregnar el pus en hilos, que se dejaban secar, para ponerlos luego encima de rasguños frescos, lo que daba la posibilidad de que las personas vacunadas contrajeran otras enfermedades, principalmente la sífilis. Por tanto, la variolación no era todavía en aquel tiempo un método de prevención ideal y había que encontrar un procedimiento que, además de inmunizar con seguridad, no fuera peligroso.

En la última década del siglo xviii se propagó la noticia de que en Inglaterra se había hallado un material de vacunación ideal y, cuando en 1800 afectó a Viena una grave epidemia de viruela, Johann Peter Frank (1745-1821), director del Hospital General de esa ciudad, vacunó con él a 26 niños el 1ro. de noviembre de 1801. En cada niño se formaron pústulas que se cubrieron de costras, las cuales finalmente cayeron. Días más tarde, el 12 de noviembre, 13 de esos niños se inocularon con la viruela verdadera y ninguno de ellos tuvo reacción alguna, pues todos estaban inmunizados.4

El descubridor de este nuevo método fue el médico inglés Edward Jenner (1749-1823), quien en su pueblo natal observó que las vacas sufrían una enfermedad con la misma apariencia que las costras de la viruela. Jenner llamó a esta enfermedad variolae vaccinae (viruela de las vacas), de la que notó también su capacidad de infectar al ser humano cuando observó que las personas que trataban a los bovinos enfermos se infectaban y les aparecían las mismas costras en las manos y los brazos. Tras hacer varios estudios al respecto, realizó el experimento decisivo. En una finca cercana a la suya enfermaron varias vacas de viruela y una muchacha llamada Sarah Nelmes contrajo la enfermedad. El 14 de mayo de 1796 Jenner vacunó al niño de ocho años nombrado James Phipps con la viruela de las vacas. El material de la vacuna lo había obtenido de las costras de la muchacha enferma. Tras sufrir los signos característicos del mal, el niño se repuso pronto. El 1ro. de junio lo vacunó con la viruela verdadera, sin que tuviera reacción alguna. Luego de transcurridos unos meses, repitió la prueba con los mismos resultados.5

Este experimento sirvió para demostrar que la viruela de las vacas inmuniza al hombre contra la viruela verdadera y que la linfa de la viruela de estos animales es el material ideal para vacunar. Jenner comunicó su observación a la Royal Society, pero le devolvieron su manuscrito porque la idea de que una peste de carácter animal pudiera proteger contra la enfermedad humana parecía algo harto aventurado. A pesar de ello, Jenner continuó sus experimentos con iguales resultados y, en 1798, se dirigió al público con un escrito de 75 páginas y cuatro tablas titulado “An inquiry into the causes and effects of the variolae vaccinae”, donde describió de manera breve y clara la viruela de las vacas y ofreció detalles acerca de 23 observaciones.6

Esta obra fue recibida con frialdad, pues las ideas en ellas expuestas eran demasiado extrañas. Pero Jenner no descansó y el material experimental que había acumulado en 1800 era ya tan grande, que hasta los más escépticos comenzaron a creerle. Luego de la aplicación de su método en Viena, pronto se hizo lo mismo en todos los Estados y se reconoció la gran trascendencia de su descubrimiento. En 1802 el Parlamento inglés le expresó su agradecimiento con un donativo de 10 000 libras esterlinas. Cinco años después se repitieron estas gracias con un nuevo donativo de doble cantidad.

Así, de la inoculación surgió la inoculación de la viruela de la vaca y de la variolización la vacuna. Gracias a Jenner se había encontrado un medio, mediante el cual la viruela se podía evitar fácilmente.

La vacuna en Cuba

En la historia de la medicina cubana abundan nombres que han quedado para la posteridad y que por sus grandes aportes son acreedores del reconocimiento eterno. Uno de ellos, el doctor Tomás Romay Chacón (1764-1849) en quien confluyeron las facetas de médico, escritor, orador y poeta, contribuyó de modo tan notable a la ilustración de esta ciencia, que con justicia se le ha otorgado el merecido lugar como iniciador del movimiento científico cubano.7 En su extensa hoja de servicios sobresale la introducción y propagación en 1804 de la vacuna contra la viruela en La Habana.

Los médicos cubanos conocieron el procedimiento de la eficaz inoculación preventiva contra la viruela en 1802, es decir, cinco años después de que Jenner anunciara su genial descubrimiento. De esto se desprende que la inoculación con el pus de la viruela o variolación era el método que se aplicaba en Cuba hasta entonces. Aunque no se dispone de datos que justifiquen cuándo y por quién se introdujo en la isla la inoculación, se sabe que ya se conocía en 1795, en virtud de un artículo científico escrito por Romay, que se publicó en dos partes en el Papel Periódico de la Habana el 29 de octubre y el 1 de noviembre de ese año, donde la defendía como método idóneo de preservación de las viruelas naturales.8,9

Las autoridades de la Sociedad Económica de La Habana, impuestas del descubrimiento de la vacuna y de su creciente progreso en el mundo civilizado, consideró oportuno poner este nuevo conocimiento a la disposición de los profesores médicos cubanos. A ese efecto orientó en 1802 la reimpresión de 500 ejemplares de una obra traducida del francés por el doctor Pedro Hernández e impresa en Madrid ese mismo año, en la que se ofrecían detalles sobre el origen y descubrimiento de la vacuna.10 Por otra parte, la Junta Económica del Real Consulado ofreció un premio de 400 pesetas a quien descubriera y manifestara el fluido vaccino tomado de vacas en Cuba, indicara cómo debía formarse y lo comunicara a Romay. Asimismo indicó la adjudicación de otro premio de 200 pesetas a quien trajera ese fluido de otros países. En este acuerdo, que se publicó en la edición del Papel Periódico de La Habana del 3 de febrero de 1803, se establecía además que los premios se adjudicarían luego de consumada la erupción de la viruela, bajo la dirección de Romay.11

La presencia de Romay en momentos de tanta trascendencia, como el de inspeccionar y decidir si debía reimprimirse en Cuba la traducción del doctor Hernández,10 o la de dirigir la operación de provocar la erupción de la viruela por la vía artificial, demuestran la grandeza de su prestigio y cómo este gravitaba con autoridad sobre la opinión médica y pública de su época. En diferentes oportunidades recibió virus vaccinal de distintas procedencias, que inoculó con las precauciones de rigor sin lograr nunca su desarrollo. Con posterioridad la Sociedad Económica le encomendó la difícil misión de que buscara él mismo el virus vaccinoso. En función de esa encomienda, se lanzó a la audaz empresa de recorrer toda la isla con la esperanza de encontrar la vaccina en las vacas en algún lugar y de comenzar la vacunación. Ni en esta búsqueda ni en ensayos practicados a sus propios hijos tuvo éxito.

Pero llegó el 10 de febrero de 1804 y, con la fecha, la posibilidad de introducir y propagar la vacuna en la isla. Ese día arribó a La Habana María Bustamante procedente de Aguadilla, Puerto Rico de donde había salido el 2 del mismo mes y quien, el día anterior a su partida, hizo vacunar a su único hijo de 10 años y a sus dos mulaticas criadas de ocho y seis, respectivamente. Entre el cuarto y el quinto día después de la vacunación, se comenzó a formar en cada uno un solo grano vaccino sin que ninguno experimentara la menor incomodidad. Al entrar al puerto de La Habana estaban todos en un estado de perfecta supuración.

María Antonia García, quien había visitado el día anterior a su paisana María Bustamante luego de su arribo a Cuba, se presentó en la residencia de Romay, acompañada del menor de sus dos hijos y con la mayor de las criadas vacunadas, cuyo grano, según el sabio, se correspondía con el de la verdadera vacuna. Sin pérdida de tiempo, tomó pus de ese grano con el que de inmediato vacunó en ambos brazos al niño de la visitante y a sus tres hijos mayores. Poco después lo visitó el niño vacunado en Aguadilla, cuyo grano tenía los caracteres más sensibles y el pus más líquido y transparente. Con ese pus vacunó Romay a sus dos hijos pequeños, a otros cinco niños y dos criados. Ese mismo día en la tarde vacunó con el pus de la mulatica menor a cuatro criados y una niña. En total vacunó a 42 personas de distinta edad y sexo con el pus de tres granos: desde el más pequeño de sus hijos de sólo 29 días de nacido, hasta varios hombres y mujeres que pasaban de 40 años.

A pesar de que el modo de aparición de las pústulas, su forma y el orden uniforme en que éstas progresaban no dejaba lugar para dudar de que todas esas personas tenían la verdadera vacuna, Romay los hizo reconocer por otros profesores que la habían visto en España y Puerto Rico, quienes confirmaron su legitimidad.12

La Sociedad Económica, informada del acontecimiento por el mismo doctor Romay, adjudicó a la señora Bustamante el premio anunciado.

Cuando el 26 de mayo de 1804 llegó al puerto de La Habana la corbeta “María Ritz” con la expedición dirigida por Francisco Xavier de Balmis, que el 30 de noviembre del año anterior había salido de la Coruña con el objetivo de llevar la vacuna a los dominios españoles, ya ésta se había propagado por toda la isla. El jefe de la expedición española quedó gratamente sorprendido al haber encontrado la vacuna establecida y calificó a Romay de sabio cuando dio cuenta a Su Majestad de su cometido. Permaneció en la ciudad 20 días, durante los cuales realizó cientos de inoculaciones. Para perpetuar la vacuna, inoculó en unión de Romay varias vacas con aquel virus, pues presumía que éstas podían comunicar la enfermedad a otras y hacerla epidémica entre ellas. También propuso al Capitán General establecer en el país una junta de vacuna que se encargara de la conservación y propagación del preservativo y que se confiara en Romay como el facultativo idóneo para esta misión. Así, el 30 de julio de 1804 quedó establecida y organizada la Junta Central de Vacuna, de la que se designó como Secretario Facultativo a Romay,13 quien la dirigió durante más de 30 años con una constancia sorprendente y un celo inusitado.

Cuando Balmis partió de regreso el 18 de junio del mismo año, dejó más de 6 000 individuos vacunados en La Habana, 600 de ellos por él mismo.

Desde su cargo de Secretario de la Junta Central de Vacuna rindió Romay muchos informes, en los que, además de dar cuenta del estado de esta actividad en todo el país, demostraba con notoria evidencia su nivel de conocimientos en materia de inoculación variolosa y vaccinal. En el último de ellos, en 1835, se despidió de la Junta como Secretario, cargo que sus achaques le impedían ya ejercer con la efectividad acostumbrada. Este documento contiene datos muy valiosos, pues en él presentó el sabio las estadísticas de todos los vacunados por la Junta Central de La Habana y sus locales y Diputaciones en el interior desde 1804 hasta 1835.

No obstante haber cesado en estas funciones, continuó Romay administrando la vacuna hasta poco antes de su muerte, ocurrida el 30 de marzo de 1849.14

Por iniciativa del Ayuntamiento de La Habana, se acordó colocar en la casa natal de Romay, sita en la calle Empedrado No. 71 entre Compostela y Habana (donde actualmente está ubicado el edificio “Cuba” con la numeración 360), una lápida con una inscripción conmemorativa de los méritos de este ilustre médico, en cuyo texto se lee:

¡HONRA Y PREZ A LA MEDICINA ESPAÑOLA!

_______________________

EN ESTA CASA NACIÓ EL DÍA 21 DE DICIEMBRE DE 1764 EL

Dr. D. TOMAS ROMAY Y CHACON

SABIO MÉDICO Y ESCRITOR INSIGNE,
Á QUIEN LA ISLA DE CUBA
DEBE ENTRE OTROS GRANDES BENEFICIOS, EL DE LA
INTRODUCCIÓN Y PROPAGACIÓN DE LA VACUNA

______________________


EL AYUNTAMIENTO DE LA HABANA
ACORDÓ CONSAGRAR ESTE RECUERDO Á SU MEMORIA,
EL DÍA 12 DE AGOSTO DE 1887,
BAJO LOS AUSPICIOS DEL EXCMO. SR. GOBERNADOR
Y CAPITÁN GENERAL D. SABAS MARIN

 

Consideraciones generales

En este año 2004 se cumple el bicentenario de la introducción y propagación de la vacuna en Cuba, ocasión más que propicia para escribir unos párrafos que sirvan para sacar de la ignorancia o del olvido tan importante acontecimiento.

La vida de Tomás Romay, su máximo protagonista y a quien con justicia se considera como el primer higienista cubano, es una rica cantera de donde siempre se pueden extraer conocimientos de gran envergadura y trascendencia.

Este modesto homenaje a su memoria y a su grandiosa obra como iniciador de la ciencia en la Mayor de las Antillas termina con las mismas palabras que él mismo pronunciara en dedicación a su amigo, el español Gobernador de la Isla Don Luis de las Casas:

“La gloria del hombre benéfico no perece con su vida, ni se oculta bajo la losa que lo cubre. El universo entero es su sepulcro. Su memoria vive en todas las almas y su nombre permanecerá impreso en todos los corazones con caracteres más indelebles que en el mármol y el bronce”.

Summary

One of the biggest obstacles to the socio-economic development of the island of Cuba for over three hundred years of the colonial period was the occurrence of epidemic diseases such as chickenpox. Cuban medical scholar Tomas Romay Chacon was in charge of the initial eradication of this disease by spreading the use of vaccine against this terrible evil. A brief account is made on the history and evolution of smallpox and of the strategies applied at the very beginning to prevent it at international scale. Emphasis was made on the role played by Dr Romay in the introduction and spreading of this vaccine in Cuba and his great prestige as health care provider. This paper intends to pay modest homage to the bicentenary of such an important event and to honor the memory of the leading person in the 240th anniversary of his birth.

Key words: Special anniversaries and events; Smallporx, history; Smallpox; Prevention and control; Vaccine against samllpox; History; Figures in Cuba.

Referencias bibliográficas

  1. Notice to Readers: 25th Anniversary of the Last Case of Naturally Acquired Smallpox. MMWR 2002;51(42):952.
  2. Organización Mundial de la Salud. Nota descriptiva de la OMS sobre la viruela. Disponible en:
    http://www.who.int/emc/diseases/smallpox/sfactsheet.html
  3. Garrison FH. An Introduction to the History of Medicine. Philadelphia: WB Saunders; 1929. p. 372-75.
  4. Sigerist HE. Los grandes médicos. Historia biográfica de la Medicina. Barcelona: Ediciones AVE; 1949. p. 174-79.
  5. Haggard HW. La medicina a través de los tiempos. En: Drogas, demonios y doctores. México DF: Editorial Diana; 1954. p. 432.
  6. Jenner E. An inquiry into the causes and effects of the variolae vaccinae. London: S. Low; 1798.
  7. López Sánchez J. Tomás Romay y el origen de la ciencia en Cuba. Habana: Academia de Ciencias de Cuba. Museo Histórico de las Ciencias Médicas “Carlos J. Finlay”; 1964. p. 53-137.
  8. Romay T. Homines vitam suam et amant sinul, et oderunt, Senec. Papel Periódico de la Havana 1795; 87:345-47.
  9. ——. Homines vitam suma et amant sinul, et oderunt, Senec. Papel Periódico de la Havana 1795; 88:349-50.
  10. Hernández P, tr. Origen y descubrimiento de la vaccina. Traducido del francés con arreglo a las últimas observaciones hechas hasta el mes de mayo del presente año y enriquecido con varias notas. Habana: Imprenta de la Capitanía General; 1902.
  11. Junta Económica del Real Consulado. Premio de 400 pesetas a quien descubra el fluido vaccino y otro de 200 a quien lo traiga de otros países Papel Periódico de la Habana 1803;10:37-8.
  12. Romay T. Memoria sobre la introducción y progresos de la vacuna en la isla de Cuba, leída en las juntas generales celebrada en la Sociedad Económica de la Havana. Havana: Imprenta de la Capitanía General, 1805. p. 3-28.
  13. Sociedad Económica de Amigos del País. Acuerdos 1804; libro 3, folio 136. p. 60.
  14. Pérez Beato M. Historia de la vacuna y progresos realizados de la administración de la isla de Cuba. Habana: Imprenta Compostela número 89; 1899. p. 53-73.

Recibido: 6 de febrero de 2004. Aprobado: 16 de febrero de 2004.
José Antonio López Espinosa. Universidad Virtual de Salud de Cuba. E-mail: jale@infomed.sld.cu

1 Licenciado en Información Científico-Técnica. Investigador Agregado.

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